Cuarto día en Islandia. Devoramos con ganas el desayuno continental del pintoresco Milk Factory Guesthouse y nos ponemos en marcha temprano para cumplir otro de nuestros ambiciosos itinerarios. Cargados de ese optimismo inconsciente, fruto del desconocimiento del territorio, el plan es navegar el lago glaciar de Jökulsárlón, adentrarnos en el Cañón Secreto y terminar en la playa de Stokksnes antes de que anochezca, aunque para lograrlo tengamos que añadir al viaje otros cientos de kilómetros, hacia atrás y hacia delante.
Habíamos llegado a Höfn la tarde-noche anterior, sin que el sol de medianoche nos permitiera mantener la noción del tiempo con claridad, después de una fatigosa jornada de conducción. La tirada de 430 kilómetros de carretera me había llevado al agotamiento, pero aquella mañana me desperté pletórico después de un corto aunque reparador sueño, precedido por una inolvidable cena compuesta por sopa de langosta, hamburguesa de reno y varias copas de vino español en uno de los restaurantes del muelle de esta ciudad tan alejada.
Regreso al Vatnajökull
Desandamos los 65 kilómetros que separan nuestro alojamiento en Höfn del lago Jökulsárlón. Habíamos estado en este mismo lugar ayer, maravillados con las vistas del Vatnajökull y sus pedazos a la deriva que terminan varados en la playa de los diamantes. Sin embargo, teníamos la necesidad de pasar más tiempo junto al glaciar. No tenemos la oportunidad de compartir el paisaje con esta fuerza pura del planeta con frecuencia, de modo que la gran masa de hielo terminaría dominando las vistas y las reflexiones durante todo el día.
Se nos ocurrió contratar un paseo en zodiac para acercarnos al frente del glaciar. Así que embutidos en nuestros trajes de flotación compartimos la pequeña embarcación con otro grupo de viajeros.
A pesar de la turistada en la que nos encontramos envueltos, disfrutamos de la suave navegación de la lancha por las calmadas aguas de Jökulsárlón. La cercanía de la enorme pared del glaciar, aún desde la distancia de seguridad impuesta por el patrón, me provocó una sensación de pequeñez descomunal, mayor que la que solía experimentar con otras obras de la naturaleza.

Mientras alternaba la visión directa con la mirilla de la cámara de fotos, buscaba los detalles más retorcidos del relieve del hielo, que mostraba diferentes tonos cristalinos de blanco y azul según cambiaba la luz del sol con el paso de las nubes. El momento dura menos de lo que hubiera gustado. Como si tuviera el taxímetro en marcha, el patrón de la zodiac avisa del regreso a la orilla. Me llama la atención para que me siente, puesto que seguía haciendo fotos mientras nos alejábamos del glaciar, aún de pie, como protesta silenciosa contra la brevedad de la experiencia. Quizás consciente de ello, nuestro patrón toma la iniciativa de detener la marcha junto a uno de los grandes icebergs que flotan en el lago. Tras una rápida charla sobre su formación, su comportamiento y su evolución bajo el agua durante la deriva hasta el mar abierto, en pocos minutos volvemos a estar en tierra.
Mientras recorremos el camino que bordea la orilla del lago hasta el coche, surgen nuevas paradas que, casi de manera inconsciente, obligan a seguir admirando todos los detalles del glaciar. Cuando se produce el silencio, los rayos de sol que van y vienen crean un chasquido al quebrar el hielo con el aumento de la temperatura. El sonido, muy parecido al crepitar del hielo al añadirle café caliente, es el recordatorio para hacer la pausa del café en el maletero del bien aprovechado Suzuki Vitara. Nuestro tosco y básico vehículo de alquiler ya se había convertido en un compañero de viaje más que polivalente, además de imprescindible, para completar el viaje.
El Cañón Secreto de Islandia
Un desvío de la Ring Road sin señalizar, casi imperceptible, nos introduce por una carretera de tierra que termina en un pequeño aparcamiento. El espacio, que apenas da para estacionar dos o tres coches sin que se estorben unos a otros, se encuentra completamente vacío, por lo que dudábamos sobre si estábamos en el sitio correcto.
Buscábamos el Cañón Secreto de Islandia, una enorme garganta encerrada entre los brazos del Vatnajökull donde se encuentra una de las imágenes más esperadas del viaje. Mi amigo Pablo se había obsesionado con el lugar preciso para tomar exactamente la misma fotografía de Instagram que nos había enviado semanas antes del viaje, de modo que consiguió averiguar el nombre del cañón y cómo llegar hasta él.
Tras unas rápidas comprobaciones en el mapa, efectivamente habíamos llegado al comienzo de la ruta. Por supuesto, gracias a la exhaustiva investigación de nuestro compañero, conocíamos perfectamente el nombre de nuestro destino, el cañón y todas las referencias que lo rodeaban, con sus respectivos topónimos y sus ubicaciones. Por aquel entonces, el nombre del lugar era más secreto que ahora, así que acordamos mantener el anonimato que otros iniciaron antes que nosotros. Esa sería nuestra pequeña contribución para ayudar a protegerlo, aunque no hayamos conseguido impedir el avance perverso de las redes sociales que, en muy pocos años, han contribuido a su deterioro igual que ocurre con otros lugares de Tenerife. Posiblemente, tanto en Islandia como en Canarias, nos quede el consuelo de haber conocido sus territorios como eran antes de encontrarse sometidos por la invasión del turismo de masas.
Solos entre la inmensidad, iniciamos el sendero que conduce hasta nuestro objetivo. No sabíamos, todavía, que estábamos ante el comienzo de una aventura mayor de lo esperado. Incluso me encontré en la obligación autoimpuesta de escribir una versión recortada para padres y madres en Lainakai.com, ya que nuestra experiencia en el Cañón Secreto bien podría haber tenido un desenlace diferente.
Los primeros metros transcurren por una pendiente por la que ascendemos paralelos a uno de los brazos del glaciar. Otra vez de manera inesperada, celebramos volver a ver el Vatnajökull. Ahora desde un plano más elevado, la nueva perspectiva nos revela su dominio absoluto del paisaje, con una fuerza capaz de permanecer incrustada en la roca y moldearla durante miles de años. Aunque resulta contradictorio, el glaciar parece más duro —y puede hasta llegar a dar miedo— desde tan lejos, mientras que resulta más acogedor cuanto menor es la distancia, invitando a contemplar y escuchar todos sus detalles.

Descendemos por un barranquillo que trae agua del glaciar por un arroyo. Aún consciente de la negligencia que supone beberla directamente sin purificar, el riachuelo se ve tan cristalino que no puedo resistirme a rellenar mi botella y beber del agua fría y pura del deshielo. No hay signos de civilización ni de animales más arriba, salvo por alguna oveja descarriada con mala suerte, de modo que las posibilidades de intoxicación son mínimas.
Sintiendo el organismo revitalizado por el glaciar, tras ascender al lado contrario del barranquillo encontramos una pequeña plataforma de piedra desde la que se abre ante nosotros el Cañón Secreto de Islandia. Al menos ya lo hemos encontrado. Las vistas desde la terraza de roca, que al mismo tiempo sirve como bifurcación entre varias direcciones, todavía ofrecen una perspectiva lateral del cañón, de modo que continuamos la marcha por el camino previsto que, en aquel momento, interpretamos como el correcto.
Calculamos que pronto deberíamos llegar a la posición de la fotografía que nos trajo hasta aquí mientras visualizamos mentalmente la imagen que esperamos encontrar: una perspectiva del cañón secreto desde un perfecto punto de fuga que permite recorrerlo hasta el final, donde una cascada de tres saltos se desprende desde uno de los puntos más elevados del Vatnajökull. Sin embargo, el tiempo pasa y advertimos que la perspectiva que buscamos se aleja. El camino que hemos tomado nos lleva por fuera del cañón, sobre una de sus cornisas, a través de una cuesta interminable pero agradable de recorrer, ganando una altura cada vez mayor.
Seguimos subiendo, ya que hemos llegado hasta aquí, afrontando algunos pasos cada vez más estrechos, con la anchura justa para colocar un pie delante de otro, dejando una brutal caída hacia el fondo del cañón a muy pocos centímetros.
Tardamos demasiado tiempo en darnos cuenta de que nos hemos equivocado de camino cuando ya no podemos seguir avanzando. Sin embargo, las vistas desde aquí son menos conocidas, o incluso mejores. Observamos un territorio completamente diferente al que veníamos buscando. El glaciar Öræfajökull, otra de las ramificaciones del Vatnajökull, se ve majestuoso desde tan cerca, mientras disfrutamos de una vista aérea privilegiada de todo el ciclo del agua gracias a este punto de vista completamente inesperado, único y salvaje, de la gran cascada del Cañón Secreto.
Nada impide que nos quedemos tanto tiempo como queramos para contemplar y fotografiar el paisaje descubierto por accidente. Al menos eso pensábamos mientras permanecíamos sentados contra la pendiente, hasta que, repentinamente, comienza a soplar el viento. A pesar de no haberse manifestado en toda la ruta, las rachas comienzan a ser cada vez más fuertes y decidimos regresar.
Los pasos más estrechos de la parte final del ascenso se habían convertido ahora en una trampa peligrosa en la bajada, donde el viento nos empujaba y quedábamos a un soplido del vacío. Ayudándonos unos a otros, pasamos con todos los sentidos concentrados en cada pisada. Ninguno de nosotros está libre de preocupación —ni de miedo a una posible caída— cuando nos vemos casi haciendo funambulismo en las partes más expuestas. Por si fuera poco, superada la exposición al abismo, nos encontramos ante algunos desvíos que no se diferencian del camino principal y que no llegamos a percibir durante la subida. Con los teléfonos móviles sin cobertura, escogemos el camino que creemos más probable, el menos difuso de todos. En cualquier caso, concluimos que la zona había estado muy poco transitada últimamente, por lo que era imposible adivinar el trazado principal.
Entonces cometimos otra negligencia peligrosa, igual o peor que beber agua del glaciar sin depurar: separarnos. Uno de los nuestros decide tomar otra de las alternativas dibujadas en el suelo, asegurando que nos encontraríamos al otro lado bajo la hipótesis de que todos los caminos llevan al mismo sitio.
Solo unos metros más abajo, el resto del grupo comprendimos que seguíamos la senda principal. Pronto llegaríamos a un punto elevado desde el que observamos con claridad que los caminos no volverían a encontrarse. En ese momento, automáticamente optamos por deshacer parte del descenso y regresar al lugar exacto en el que nos habíamos separado, donde acordamos fijar un lugar de reunión y trazamos un nuevo plan sencillo. Yo me adentraría deprisa por el camino que había tomado nuestro amigo e intentaría alcanzarle para regresar con él hasta dicho punto de encuentro, donde las chicas del grupo se quedarían esperando —no por cuestión de género, ya que podrían incluso doblarme la fuerza, sino por su mayor resistencia mental— hasta volver a juntarnos.
Avancé algo menos de cien metros hasta encontrarme con el final de la vereda que, cada vez más difusa, terminaba en una pared de piedra sin salida. Ahora sí estaba preocupado, con el grupo fragmentado en tres trozos y una persona que no encontramos. Regresaba al punto de reunión entre los pensamientos que me asaltaban a toda velocidad. Durante el corto trayecto se me ocurrió que lo más probable fuera que mi amigo retrocediera y se hubiera pasado el lugar de encuentro, desconocido para él, de modo que terminase bajando de nuevo hacia nuestra posición al darse cuenta. Pero también pensé que podría haber sido tan temerario como para sortear la pared de piedra en busca de la continuación del camino, o que justo este sería el peor momento para sufrir los efectos de una intoxicación por beber aquella agua pura del glaciar.
Me apresuré hasta la reunión para no retroalimentar mis pensamientos negativos y agradecí que mis compañeras siguieran allí, aunque sus caras se desencajaron al verme regresar solo. Nuestra primera reacción fue gritar el nombre de nuestro compañero, asomándonos a todos los salientes a nuestro alcance para proyectar nuestra voz con más fuerza. Entre llamada y llamada, examinaba bien todo el terreno para adivinar la vía más probable por la que podría haber continuado nuestro amigo cuando, de repente, por fin aparece después de haber estado dando varios rodeos en nuestra búsqueda. Todos respiramos aliviados al vernos juntos de nuevo, vivos y de una pieza.
Ya durante el camino seguro de bajada, por la pradera de hierba, al resguardo del viento debatimos sobre los errores cometidos y la ubicación del enclave fotográfico original. Encontramos una perspectiva similar en las inmediaciones del desvío que cambió nuestros planes, aunque no fuese exactamente la misma imagen que buscamos al inicio. Decidimos no aventurarnos más para no volver a tentar a la suerte. Habíamos llegado hasta aquí, nos equivocamos y a cambio encontramos un paisaje remoto y desconocido para la mayoría de quienes se adentran en el Cañón Secreto. Además, nos encontrábamos bien después de resolver varias situaciones comprometidas.

Teníamos motivos para estar felices. Al pasar de nuevo por el barranquillo, no puedo ignorar la llamada del agua del glaciar. Ahora, sin temer una intoxicación tras varias horas desde el primer sorbo, bebo con ganas como recompensa.
Y es que, tanto en la montaña como en otras facetas de la vida, siempre que he estado cerca del abismo —casi siempre porque yo mismo me pongo en el borde— han ocurrido cosas inesperadas y sorprendentemente buenas.

Stokksnes nos espera
Ya junto al coche valoramos la experiencia mientras nuestra motivación se recompone poco a poco. Con fuerzas y ánimos renovados aprovechamos que las tardes son largas y no se encuentran con la noche para retomar nuestro gran plan.
Ponemos rumbo a la playa de Stokksnes, conduciendo en dirección contraria a la puesta de sol. Allí nos espera otra aventura que tampoco habíamos previsto.








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