Me toca conducir durante el último tramo del día, atravesando la costa sur de Islandia por la Ring Road, hasta cubrir la distancia que separa las poblaciones de Vík y Höfn. Por la mañana habíamos salido de Þorlákshöfn, disfrutando sin mirar el reloj en Seljalandsfoss, Skógafoss, Solheimafjara y Dyrhólaey hasta entrada la tarde. No hay prisa. El sol de medianoche alarga los días sin que nos demos cuenta.
La Ruta 1 es una carretera idílica para cualquier apasionado de conocer un territorio conduciendo, como es mi caso. Sin embargo, pronto descubriría que recorrer otros doscientos kilómetros, después de haber dejado atrás otros cientos más, no era la mejor idea que habíamos tenido. Habíamos sobrevalorado nuestra capacidad para interpretar las distancias en el mapa que, en estas carreteras de rectas interminables, se volvían todavía mayores. Además, justo después de comer, los ataques de sueño eran cada vez más intensos. El viaje sería muy largo.

Al borde de la cabezada, a ratos me obligaba a subir el volumen de la música y bajar la ventanilla para que el aire frío me espabilase. En los momentos más críticos buscaba conversación con cualquiera que siguiera despierto. Aunque pareciera imposible, todavía se podía dormitar bien encajado entre los pocos espacios que todavía quedaban en el interior de nuestro Vitara a punto de reventar. Sin embargo, encontraba los mejores estímulos para mantenerme en la atractiva monotonía del paisaje y las fuertes sacudidas del viento racheado que, unidas al meneo que provocaban los camiones que nos adelantaban a toda velocidad, me obligaban a sujetar el volante con firmeza.
La grieta crece
La enorme tirada de kilómetros de monotonía se había convertido en el espacio perfecto para pensar y repensar. El maldito trabajo volvía a manifestarse con otra punzada fría en el pecho, esta vez algo más profunda. Había dejado un mal trabajo para irme a otro que sabía que era peor y, justo en medio de ambos, en el tiempo de transición de uno al otro, me encontraba en Islandia. En aquel tiempo tenía una ocupación completamente diferente y sabía perfectamente que, a mi regreso, me esperaban con los brazos abiertos y los colmillos bien afilados para sacarme toda la sangre que pudieran.
Iba viendo cómo el paisaje pasaba desenfocado, rumiando entre mis pensamientos, y según avanzaba más crecía aquella grieta interior que se había abierto en Reykjanes. Ahora comenzaba a ver dentro de ella. Consciente de que al final del viaje tendría que volver a una vida laboral que detestaba, aún con el peso de la fatiga a cuestas, deseaba que la Ring Road se estirase para no acabarla nunca.
Estaba a punto de reconocer que todo se vendría abajo cuando la visión repentina del glaciar Vatnajökull, brillante bajo el sol, irrumpe en el horizonte entre las montañas que, siguiendo el movimiento del coche, se abren como las cortinas de un gran telón para rescatarme del agónico estado de enajenación mental al que estaba llegando. Inmediatamente despierto a mis compañeros. Justo después, con un frenazo brusco consigo detener el coche en el primer apartadero que aparece junto a la carretera, un pequeño desvío de tierra sin salida.

El poder de la Tierra
Nunca habíamos visto un glaciar en persona. En la lejanía, la gran masa de hielo afilado perfora la roca, permaneciendo encajada en ella mientras estruja el terreno con varios de sus brazos, como si tuviera vida propia. Resulta contradictorio que esta fuerza bruta sea capaz de transmitir, al mismo tiempo, la extraordinaria sensación de paz que nos invade.
Llevamos un rato fuera del coche, simplemente contemplando. Aquí no hay señalizaciones, entrada ni salida, izquierda o derecha. Dos ovejas solitarias comen hierba sin que nuestra presencia les perturbe lo más mínimo, conviviendo con este entorno que, tan extraordinario para nosotros, es completamente cotidiano para ellas. En ese momento tengo la certeza de que la conexión con la Tierra es más importante que todo lo demás, y puedo reconocer cómo el planeta se manifiesta con un extraordinario poder de transformación, tanto de nosotros mismos como de la forma en que vemos el mundo.
Poco después, desde la orilla de Jökulsárlón, el glaciar toma unas proporciones aún mayores. Al otro lado de la laguna, el paredón del frente glaciar da paso a una continuación de formas más sugerentes, dibujadas por el serpenteo del hielo que abre su camino hacia donde se pierde la vista. La puesta de sol, que nunca termina, crea diferentes tonalidades entre el cielo, el hielo y el agua. El silencio completa la escena. Simplemente contemplamos la obra de la naturaleza, a ratos a través del visor de la cámara de fotos, que en este momento trabaja más que nunca.
Entre tanto, me quedo observando los pequeños icebergs que se desprenden del glaciar. Los témpanos de hielo flotan a su suerte por toda la bahía, acelerando su velocidad a medida que se aproximan al mar. Después de entrar en la corriente del pequeño río Jökulsá, la deriva termina en Vestri-Fellsfjara y Eystri-Fellsfjara, mejor conocidas como Playa de los Diamantes.
Miles de trozos de hielo descansan varados en Diamond Beach. Toda la línea de costa está llena de cristales blancos y azules que contrastan con la arena negra, desde nuestra orilla y continuando hasta el extremo contrario del estuario. Ese día, el mar estaba en calma —algo atípico en este litoral violento—, permitiendo que algunas focas jugasen entre los icebergs que seguían llegando. Entre tanto, los colores cantosos de nuestra indumentaria, y la de los turistas del otro lado, eran la única nota discordante en toda la escena.
Ya entrada la noche, al fin llegamos a Höfn. Ha costado conquistar la distancia que, aún queriendo que la carretera no tuviese final, por momentos llegó a parecer imposible de abarcar.
En el Milk Factory Guesthouse, una antigua fábrica de leche reconvertida en alojamiento, disfrutamos del merecido descanso. La capacidad de los islandeses para aprovechar el espacio y el territorio con tanta naturalidad seguía llamando mi atención. Mientras tanto, en la cómoda habitación de dos plantas, que durante los próximos días convertiríamos en nuestra pequeña casa, conversábamos sobre cómo había ido el plan. Terminamos concluyendo que la paliza de coche había merecido la pena y esbozamos el recorrido del día siguiente, escribiendo algunas anotaciones en el enorme mapa de papel a escala 1:500.000, del que podría haber pasado las horas estudiando cada centímetro si no fuera porque el hambre no me permitía aplazar más la llamada de la cena.
Intentaba dormir, avanzada ya la noche, a unas horas de la madrugada que siguen pareciendo un atardecer perpetuo. La cabeza no paraba de dar vueltas a todo lo vivido durante el día. Con el recuerdo del glaciar de fondo, iba aceptando que una parte de mí también se estaba quebrando.










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